martes, 21 de marzo de 2017

Me buscaste en el sonido más leve, apuntando tu oreja diminuta hacia la antigua fragilidad del horizonte. Luego dirigiste tu ojo transparente a la vastedad detenida de las cosas, y aturdido, adivinaste su gesto inútil. Guiado por el eco simple y rotundo de tu pecho y por la oculta malicia de la luz, encontraste mi casa marcada por la indiferencia de los muebles. entonces tuviste miedo y buscaste refugio en la liquidez del espejo. Fue así que una noche te hiciste mi semejante; un brazo mas de mi alarmado cuerpo. Desde entonces reconoces e interpretas los dispersos ademanes de mis sueños, y lejos siempre, observas el transcurso enmarañado de mis pensamientos. Ahora das a tu presencia sigilosa un rudo golpe, una mueca, una palabra. Sabes que somos el mismo pulso, el mismo rabioso recuerdo, y tu voz,enmohecida y porosa, me denuncia y me describe; tu saliva, llena mi boca. Pero no has venido de las semilla más profunda de la ola y de la arena sólo a señalarme; sino a derramar la evidencia de tu carne frente a la línea nítida y perfecta de mi imagen.




En la noche recae tu cuerpo, de tu rostro se borra todo gesto, y en la calle transcurre la ausencia y el ladrido ingenuo de los perros. Queda sólo el eco ciego y tartamudo y hay algo que dormita, y no es el silencio. Entonces te preguntas: ¿qué minucia de otros cuerpos te hizo célula, qué incalculable vientre te produjo, y qué grito te emitió entonces torpe y húmedo tu cuerpo? Había la misma voz que ahora te despierta, la misma noche suspendida,lejos; hasta que en una tarde de infancia en un patio perseguido por la hiedra, articulaste con la risa todo ese silencio. Ahora, mudo, lo contemplas.


Francisco Torres

No hay comentarios:

Publicar un comentario